5 cosas que me permitió reflexionar la boda real de Eugenia de York y podemos practicar en nuestra boda

Como tanta gente en este tiempo y por diferentes motivos, no quise perderme la última boda real de estos tiempos. Una de las nietas de la reina de Inglaterra, Eugenia de York bendijo su unión ante Dios hace pocos días y no sólo en Inglaterra sino en las más remotas latitudes, se tuvo acceso a imágenes oficiales y no tanto, gracias al “milagro” de internet y de las redes sociales.

Pero fuera de la curiosa observación de las revistas del corazón, yo rescato cinco reflexiones que me quedaron tras seguir escenas variadas de la mediática boda. Es decir que, más allá de algo nuevo, algo viejo, algo prestado y algo azul, la boda dice mucho de lo que somos y de lo que sentimos en momento tan trascendente de nuestra vida.

  • LO RELIGIOSO: En todo tiempo y lugar, condición y posición los enamorados quieren estar juntos y si accedemos a una boda religiosa es porque creemos que es Dios quien ha cruzado nuestros caminos y por lo tanto debe ser Él quien “registre” nuestra decisión y selle nuestro amor. En ese sentido, si haré mis promesas ante Dios, es porque estoy segura de mi decisión: a Él no puedo engañarlo ni tampoco engañarme.
  • EL TRAJE DE NOVIA: Más allá de la fiesta y el costo, muy lejos del lujo con el que organizamos el evento, sin importar si el vestido es o no de diseño exclusivo, es especial para nosotras. Eugenia de York no fue la excepción y guardó en su costoso traje, lo más significativo de su historia con Jack, el novio. El vestido llevaba bordados la rosa roja de York –alusión al emblema medieval y dinástico del ducado al que pertenece-, el cardo de Escocia, el trébol irlandés con el que San Patricio enseñaba a los primitivos celtas el misterio de la Santísima Trinidad y que representa a Irlanda –tierra de la familia de la madre de la novia- y la hiedra, símbolo familiar también de la Casa Real.
  • LA FAMILIA: en un lugar cercano, casi junto a ella, los padres de Eugenia, su hermana, los reales abuelos, los tíos y los primos asistieron a la boda en un discreto segundo plano. NO era la fiesta de ellos, ni siquiera de la familia. Era el momento de la joven Eugenia y ellos, trascendiendo viejas rencillas, celos o rencores pasados y presentes, rodearon a la joven como cualquier familia que sabe que unidos son más fuertes. Los padres de la joven, aun cuando llevan vidas separadas desde hace muchos años, se mostraron juntos y unidos frente a su hija, mostrando que, pese a todo, más allá de la felicidad personal se encuentra el bien común. Circuló una imagen muy elocuente en el templo, en el cual los abuelos miran constantemente a la nieta mientras los padres y la hija se sonríen mutuamente emocionados. La familia, aun la más imperfecta, es mejor a la familia ausente. Y si tenemos que olvidar por un día toda una historia de desavenencias en pos de la felicidad de uno de sus miembros, eso no es hipocresía, es misericordia, es educación, es empatía.
  • LOS PRIMOS CERCA: siempre he considerado una gracia insustituible tener muchos primos. Y si ellos crecen cerca nuestro, mejor. Soy afortunada porque los tuve, mis hijos también, por eso espero que el día que se casen cuenten con esos “aliados” cerca. ¿Qué mejor que los primos que ya pasaron por ese momento -y que además nos han regalado nuevos primos políticos- nos acompañen en tan maravillosa experiencia con sus frescos consejos y advertencias? En esta boda, ya sea por protocolo o no, los primos mayores siguieron muy de cerca, el día de su prima. Y tuvieron la delicadeza de mantener también el prudente segundo plano para no opacar a los novios.
  • LA CICATRIZ: si algo debe tener nuestro atuendo de novia es que debe mostrarnos como somos o mejores. Está muy bueno arreglarse, preparar el cutis, la piel, la figura, el cabello, hacerse pruebas de maquillaje y peinado, pero nunca nos parecerá acertado que nuestra imagen esté distorsionada, despersonalizada o transformada. El día de nuestra boda debemos ser nosotras mismas, con nuestras virtudes y defectos, por cuanto una relación legítima es aquella en la que nos presentamos como somos. La novia real dejó que el escote trasero revelara la marca de una operación importante sufrida en su infancia. Lejos de disimularla con su cabello, un blanco velo o un cuello alto, escogió un diseño que mostró –literalmente- su “marca registrada”, una larga cicatriz vertical que, desde la nuca, dividía en dos hemisferios su blanquísima espalda.

Hubo otros detalles que podríamos seguir destacando, lo cierto es que lejos de presentar un panegírico o alegoría de la boda real, lo que intento es extraer una especie de moraleja de todo lo que se vio y que para muchos puede representar –simplemente- una muestra de ostentación o vanidad, pero para nosotros, una ocasión de reflexión que no podemos desaprovechar.

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Es Profesora de Historia (1996) y Licenciada en Historia (2000) de la Universidad Nacional de Cuyo.Ha estudiado en la Universidad de Huelva (España) con una beca Intercampus, además de recibir cursos de doctorado y de dictar también algunas clases como profesora invitada en dicha Universidad. Casada y madre de seis hijos, es autora de dos novelas inéditas con contenido histórico.