Buscando Mi Mayor Éxito

Siempre, desde la adolescencia supe que quería lograr metas grandes en mi vida, que quería convertirme en alguien importante, que quería dejar un legado inolvidable. No era exactamente ser famosa o exitosa, no definía bien qué quería, pero sí tenía la sensación –o la intuición- de que no sería la mía una vida común, de esas que sólo transcurren.

Pensé que mi profesión era ese vínculo hacia lo que se llama la “realización personal”, el éxito profesional y naturalmente, me entregué de lleno –desde joven- a crecer en ese aspecto. La Historia me apasionó desde chica y por eso estudié esa carrera. Verdaderamente siempre se me hizo fácil decir que era un trabajo, aunque en realidad la Historia y la investigación es más bien, una actividad que disfruto. Pero no parecía venir por ese camino lo “grandioso” de mi vida.

Y es que a veces, el mayor logro de uno, no es de uno propiamente, no es lo que uno ha hecho sino más bien lo que uno ha dejado, ha entregado, ha perdido. Y es ahí cuando se hace efectiva aquella cita del evangelio “porque el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la salvará” (Lc, 9. 24).

A los dos días de nacer mi primera hija, tuve conciencia de que mi tiempo ya no era mío. A punto de presentar una tesis de licenciatura, me percaté –no sin sorpresa- que ya no podía manejarme relajada con el tiempo, como hasta pocas semanas atrás. Cuando quería concentrarme en mi tema y en mi propio objetivo, un llantito, un pañal, un remedio que suministrar me sacaban de mi espacio y sólo Dios sabía cuándo podría volver a sentarme frente a la pantalla.

A los veinte meses exactos, mi segunda hija me reclamó aún más mi tiempo y ¡para peor! las travesuras de una hermana, eran replicadas por la otra. A media tarde, yo ya contaba las horas que faltaban para que ambas estuvieran dormidas y yo volver a “mi” obra.

A los pocos años nacieron no uno, sino cuatro hijos más. No entendía mucho lo que Dios me pedía: tenía una vocación intelectual indudable, debía trabajar para ayudar a mi esposo con el sustento familiar, había contraído una enfermedad autoinmune leve, pero que a la larga me podría debilitar y… ¡Dios me mandaba más hijos! No parecía ser lógico. ¡Y yo que ni siquiera había tenido necesidad de pedirle hijos, como sí solían hacerlo tantas mujeres!

Con el tiempo comprendí. Cuando cansada, llorosa, frustrada le reclamaba a Dios que mis esfuerzos profesionales no daban los frutos que yo esperaba, en el tiempo que yo calculaba, recordé las palabras de San Agustín: “Llamaste y clamaste y rompiste mi sordera: brillaste y resplandeciste, y fugaste mi ceguera”. Entendí que MI obra eran mis niños, que los libros que deseaba escribir eran sus almas y que los discípulos sobre los que deseaba influir, las multitudes a las que quería guiar estaban allí, invadiendo mi casa sin perderlos de vista dondequiera que mirara. Cada uno con su temperamento, cada quien con sus necesidades, angustias y enojos: ESA era mi obra maestra.

Había que enseñarles a vivir, a sacar de sí lo mejor, a entender cuál era la vocación de Dios para ellos, enseñarles que los esfuerzos y contratiempos fortalecen, que la belleza física se desdibuja si no hay un alma brillante que sale por los ojos. Que si Dios los hacía líderes, era para guiar a los amiguitos hacia Jesús. Que el sacrificio vale la pena porque “quien rema a contracorriente, tiene la certeza de estar vivo” como decía Chesterton. Que a cada día le basta su afán y que lo que realmente vale es el amor y la familia.

Un buen día, cuando me lamentaba porque mi currículum no alcanzaba para mi promoción laboral, cuando deseaba trabajar menos en lo que no me gustaba para darle mayor importancia a los posgrados, cuando me quejaba por no haber obtenido un doctorado aun, me sorprendió mi hijita menor contándome que ese día había llorado en el jardín de infantes y “me había echado de menos”.

-¿Por qué? – le pregunté.

-Porque me acordé que cuando salgo, me esperás con una sonrisa-

Ahí entendí. Ahí supe que mi gran obra era darles un hogar luminoso y alegre –como decía San Josemaría- y que ellos fueran felices, que se sintieran amados, cuidados, guiados. Supe, al volver a casa y ver una foto reciente de ellos junto al mar, que mi gran obra eran ellos. Mi trabajo trascendente, mi obra más acabada. Porque en definitiva, Dios me los había confiado como un don suyo hacia mí y no al revés. Y recordé las palabras de Jesús: “Todo lo que hicisteis por uno solo de estos pequeños, por Mí lo hicisteis”

Y todas mis renuncias personales cobraron sentido.

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